La semana pasada me disponía a ir a mi fiestita de cumpleaños, porque festejé en lo de un amigo, ya bañada, cambiada y perfumada. Me acerco a la pieza de mi abuela para decirle que ya me iba y como hace últimamente, no se porqué, me dice: – A ver?? Cómo estás vestida???
Después de esta pregunta tengo que desfilarle y hacerle una presentación de mi vestuario y estilista al mejor estilo Chiqui Legrand o Susana Giménez. Cuando me aprueba, o no (esto es lo que pasa más seguido, sólo que trata de disimularlo…pero no le sale) me doy media vuelta y me voy (porque no le doy mucha bola, sino a esta altura debería haberme suicidado). Bueno, la semana pasada, me aprobó todo el vestuario (que era bastante normal) salvo mis zapatillas. Son unas zapatillas doradas a las que ya les di su considerable uso, pero están bien. Admito que una lavadita no les haría nada mal, pero zafan considerablemente. Obvio que es lo único que me criticó casi amablemente: – Las zapatillas es lo que no me convence…No tenés zapatos??
Ni pensaba ponerme zapatos porque quería bailotear a lo loco y estar cómoda. Tenía que festejar mi cumpleaños y que ya no rindo más!!.
La saludé, me di la vuelta y me fui. Con mis zapatillas doradas hermosas y sucitas.
Ayer, siguiendo el “consejo” de mi abuela, porque por más que me embola lo que me diga (más que nada cómo me lo diga) sé que desgraciadamente tiene razón, salí con las mismas zapatillas, pero las limpié un poquito. No sé cómo hizo para verlas, porque la saludé rapidísimo, pero logró verlas y me dijo: – Lavaste las zapatillas! …..